La dichosa gala de los Goya es un acto glamouroso, probablemente el equivalente español de los Óscar. Vamos, que es un espectáculo lamentable en el cual la adulación mutua llega a límites escatológicos.
Un detalle destacado fue el discurso de Alex de la Iglesia, que dimite como presidente de la Academia por discrepancias con sus compañeros. Pese a que considero que el discurso no fue todo lo que pudo haber sido, hay una imagen con la que me quedo:
La cara de la menestra Pajín vale dinero. He visto tornillos de submarino menos apretados que los músculos de la cara de Leire oyendo el discurso.
Otra cara que valió dinero, aunque menos, fue la de otra menestra, González-Sinde:

No quiero ni pensar qué cara tendrían si Alex hubiera dicho todo lo que debería. Sólo se me pasa por la cabeza la escena del Arca de la Alianza.









